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Reunidos por la fe en la ciudad de Santa Teresa

Es importante que, juntamente con los demás creyentes, formemos el gran "Yo" de la Iglesia, su "Nosotros" vivo, constituyendo así la gran comunidad de la fe (Discurso de Benedicto XVI, 7 de noviembre de 2006).

 

“La fe no sólo se cuida leyendo mucho o rezando mucho, la fe se vive… y hace falta vivirla. Vivirla en comunidad”

Con esta frase, hace no muchos años, un viejo catequista de confirmación intentaba tenderme la mano en una época en la que me encontraba yo lejos de Dios, tan lejos de Él que hoy por hoy casi me cuesta recordar a qué distancia de Él me encontraba.

Desde aquellos días poco a poco fui valorando lo que con los años había ido perdiendo casi sin darme cuenta, el vivir la fe en mi parroquia en comunidad, en auténtica comunidad. Mi vuelta a la parroquia y más aún mi vuelta a disfrutar de vivir la fe ha sido uno de los mayores regalos que Dios me ha hecho en mi vida, y sin duda los días que pasé en Ávila el pasado agosto han ratificado esto de forma superlativa.

Esos diez días -del 5 al 14 de agosto- me han servido no solo para confirmar la importancia de vivir la fe, de vivirla y compartirla, sino que además me han mostrado de forma patente la necesidad que tiene cualquier católico de sentir ser Iglesia junto a sus iguales, junto a personas que aun habiendo nacido a kilómetros de uno y con una cultura distinta, sienten el poder de un mismo Dios, la redención de un mismo Salvador, el amor de un mismo Padre. Tengo la certeza de que Dios nos regaló el Encuentro Europeo de Jóvenes (EEJ) y el Encuentro Teresiano Internacional (ETI) para que muchos diésemos una nueva vuelta de tuerca a la valorización de la comunidad en la vivencia de la fe, y a la importancia del sentimiento de pertenencia a una misma familia.

Alguien que no haya sentido la vivencia de compartir la fe con sus hermanos puede llegar a pensar que una experiencia tan íntima como la fe es incompatible con la idea de comunidad, podría verse la idea de “vivir la fe en comunidad” como un inconcebible oxímoron. ¿Cómo compartir algo tan profundo? ¿Cómo compartir algo tan íntimo con los demás?

Tal como nos dijo San Juan Pablo II en su Fides et Ratio, la fe no es cosa que pueda estar sujeta a la razón, es una segunda ala con la que el espíritu humano se eleva hacia la verdad, hacia Dios. La fe es una gracia, un regalo directo del Padre que para recibirlo basta con estar abiertos a Dios, con disposición a escucharle… Pero esa experiencia personal es necesario compartirla, insuflar nuestra fe a aquellos hermanos que más lo necesitan y dejarse llenar de las experiencias de los demás.

En este mundo individualista que nos ha tocado vivir, hemos olvidado en muchas ocasiones la idea de que lo personal puede estar estrechamente vinculado con lo común. Que la fe es parte de lo personal es una obviedad, pero disfrutemos de que aun siendo personal es un fenómeno colectivo.

¡Y qué maravillosos fenómenos colectivos fueron ambos encuentros! Compartir con los demás las experiencias religiosas; el escuchar testimonios de otras personas, amigas fuertes de Dios, que en ocasiones nos llevan algunos pasitos de ventaja en esa relación con Él… Es en sobremanera motivador y reconfortante. Es importante recordar todos los momentos compartidos, los de apacible oración y los de ruidosa fiesta; el compartir la misa y el compartir la mesa (bueno… el suelo durante el EEJ); las dudas y las certezas; y sobre todo compartir la alegría de ser cristianos. Recuerdo que en el taller de música del EEJ, donde se daba a conocer a gran cantidad de cantantes católicos -gracias Alfredo-, se insistía siempre en la importancia de que los cristianos tenemos que ser alegres… Y los jóvenes que asistimos al EEJ lo demostramos dese el primer día: a la hora de la comida, ante los contratiempos, la gente no respondió por lo general con grandes protestas, aguardaron su turno tocando guitarras, cantando, jugando… Cuando Raúl Tinajero nos pidió perdón aquella noche, de antemano sabía que el pequeño-gran fallo estaba perdonado. Si el salero se demuestra andando, el ser cristiano se demuestra amando, y por ende perdonando (importante añadir que la cuestión de las comidas se resolvió de forma espectacular, mis felicitaciones por cientos a la organización por ello).

Otro de los aspectos importantes de los encuentros fueron los entornos en sí en que éstos se celebraron: la ciudad de Ávila y Alba de Tormes.

En mi caso personal fue durante el ETI cuando más disfruté de este aspecto, pero sin duda siempre que un católico pise Ávila se regocijará al pensar que sobre sus adoquines pisó teresa, entre los muros de la Santa sentirá que jugó y aprendió a rezar en sus primeros años, entre los de la Encarnación pasó horas de oración, al igual que en San José, donde pasó horas rezando en los momentos más difíciles de la reforma de Orden Carmelitana. Y qué decir de Alba de Tormes, localidad a la que le fue concedida la gracia de dar sepultura la primera doctora de la Iglesia.

Estar en esos pedazos de Historia fue para mí una auténtica delicia, tanto como católico como amante de la Historia y del Carmelo Descalzo. Pero creo necesario incidir en que el privilegio de pisar y rezar dónde la Santa pisó y rezó transciende el mero hecho de la mitomanía romántica de un viaje al pasado, es una vivencia que inunda el corazón del orante de esa memoria de nuestros padres y madres que compartieron nuestra fe, nos hace recordar el camino que como comunidad milenaria el Señor nos ha hecho recorrer –desde el Deuteronomio se nos advierte respecto a esta importancia de recordar la propia Historia, así que imaginad si esto es importante-.

Podemos concluir, que los encuentros nos brindaron la oportunidad de encontrarnos y reencontrarnos con un sinfín de comunidades a las que pertenecemos: nuestros pequeños grupos (nuestros amigos de la parroquia, diócesis…), nuestro gran grupo formado todas esas personas que apenas conocíamos o desconocíamos completamente (que podían ser de tan cerca como nuestra diócesis, nuestra Comunidad Autónoma, o de nuestro país; o de  tan lejos como Bangalore o Tokio… con quienes apenas podías comunicarte a través de los gestos y la sonrisa) pero con las que sentíamos esa unión de quienes comparten una misma fe, y ese grupo al que pertenecemos junto a Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz y que en dos mil años de Historia ha dado infinidad de personas que han pasado por este mundo haciendo el bien: la Iglesia.

Ahora, con nuestras mochilas bien cargadas de los momentos vividos es tiempo de caminar. Que el amigo que tanto nos amó y sigue amando os bendiga.

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